1950-1980 El chacacha del tren

TITULO El chacacha del tren
AÑO Siempre
PROTAGONISTAS Cualquiera de nosotros
AUTOR Juan Manuel Orozco

Cuando pasan los años, un día te detienes y si miras atrás, puedes hacerte una idea de cuánto has vivido y cuantas experiencias te han pasado, para ello basta simplemente hacer unos pequeños cálculos. En un publicación reciente “Un día en el comedor del Infanta”, veíamos que pasamos allí entre 2.300 y 3.300 horas. Si hacemos una media similar y si solo contamos los tres periodos de vacaciones que teníamos al año, podemos afirmar sin mucho margen de error, que un huérfano medio realizo entre 42 y 60 viajes durante su estancia en el Infanta y con una duración total media de entre 240 y 540 horas, todo ello contando exclusivamente la duración del viaje, si añadimos los previos, la cifra se dispara. Muchas horas, un montón de historias, demasiadas anécdotas que a buen seguro tenemos aparcadas aún en alguna parte de la memoria. El sonido del tren sobre las vías es algo que lo tengo metido en la cabeza, es un sonido muy familiar que me trae muchos recuerdos, buenos y malos recuerdos.

Voy a intentar relatar algunas de las cosas que a mí me pasaron e intentare transmitiros como me afectaban los viajes y como fueron evolucionando emocionalmente con el paso de los años. Es importante tener en cuenta que le tiempo dulcifica un poco los recuerdos.

He visto el Facebook pequeñas historias llenas de emotivas palabras sobre el primer viaje al Infanta, a algunos le “toco” ir muy pequeños, demasiado críos para ir a un internado, tanto es así, que cuando te ibas haciendo mayor, en muchas ocasiones los “Pepones” (entre 5 y 8 años) llegaban a emocionarte al verlos tan desvalidos, temerosos o llorando. Te recordaban tus primeros años del Infanta, esas situaciones creaban hermandad entre nosotros, les hacías una caricia en la cabeza, les protegías, les colocabas la ropa, simples gestos que ellos valoraban mucho y les aportaban ánimos y un poco de seguridad para seguir en el día a día. Los había más pequeños, pero se quedaban en Juncarejo con las huérfanas y venían al Infanta a los 6/7 años. Como decía, no quiero ni imaginar que pensamientos tenían aquellos huérfanos que eran alejados del calor de su madre y resto de familia, metidos en un tren con gente extraña y viajando toda la noche para ir a un sitio desconocido y lejano. Me los imagino en una parte de ese viaje que ante cualquier circunstancia (frio, hambre, sueño, necesidades fisiológicas) no tenían a nadie para que les ayudase, ¡Dios! Me los imagino con los ojos vidriosos, temerosos y suplicando una petición de ayuda que nadie lograba ver o si lo hacían, en su mayoría se desentendían. Yo tuve la suerte de ir ya un poco más mayor a los 11 años, a esa edad ya no podías demostrar (al menos en público) mucha sensiblería, además iba acompañado de mi madre, por lo que este viaje, aunque si lo recuerdo, no me afecto demasiado.

Posteriormente, los viajes de vuelta al Infanta me empezaban a cambiar el estado de ánimo un par de días antes, pasaba más tiempo en casa de lo normal o subía y bajaba a la calle más asiduamente de lo habitual y la cosa iba en aumento hasta el último día que casi no salía, motivado también porque casi siempre teníamos más vacaciones que nuestros amigos y en la calle no quedaba nadie. La última noche era especialmente larga, no era capaz de dormirme, estaba nervioso y no podía conciliar el sueño, me despertaba mil veces intentando parar el tiempo, quería que no amaneciese nunca….., al día siguiente, aprovechaba para pedir mis platos predilectos. Me acurrucaba al lado de mi madre a la mínima oportunidad, tenía que recargar mimos. El día que llegabas a Madrid, estabas un poco como en una nube, los nervios, lo poco que habías dormido……. poco a poco, el volver a ver a tus amigos te metía en ambiente y también te ayudaba que tenías “provisiones” bastantes y de dinero andabas sobrado, tenías lo que te había dado tu madre, algún familiar e incluso algún vecino bajo manga y sin que se enterase el “fisco”. Lo que recuerdo perfectamente, era que en tres o cuatro días no tenía necesidad de ir a ver a “Roca” para asuntos “serios”.

El viaje de vuelta, era totalmente distinto, lastima no tener fotos o videos del día anterior de las vacaciones, cantabas el himno de la Guardia Civil con todas tus fuerzas, las caras eran reflejos de la alegría que sentíamos y una enorme sonrisa nos llenaba la cara, el ambiente era extraordinario. Siempre claro está con las excepciones de los compañeros que se quedaban y que por suerte no eran muchos, aunque estos últimos lo que conocían por hogar no era otra cosa que el Infanta. También sufría esa retención estomacal, pero aquí duraba algo más, no teníamos el café del Infanta.

Lo que si recuerdo de mis viajes de vuelta, era que llegase a la hora que llegase a casa, tenía que tomar mi “desayunin” resultado de mezclar en un plato duralex cola cao con leche, pan desmigado y unas cuantas galletas además, por supuesto, de dos cucharadas soperas de azúcar.

El llegar al barrio era toda una novedad, eras la “comidilla” venias de la gran capital con muchas noticias para contar y con ese acento chulesco que traías. El reencuentro con los amigos del barrio, da para una historia por sí sola.

No quiero extenderme en esto ya que el relato va por otros lares, pero si quería hacer esta entrada para decir que siempre volvía alegre a casa y triste al Infanta, pero según iba creciendo y conviviendo con mis hermanos, la alegría de regresar a casa se acompañaba de un poco de añoranza por la falta de mi otra familia y a la tristeza del regreso al Infanta se unía la ansiedad por volver a ver mis queridos hermanos huérfanos. Dejábamos la familia y amigos de siempre en casa, pero en Madrid teníamos gente muy querida y que cada vez estabas más compenetrado con ellos. No era extraño llamar a mis amigos de Oviedo por el apellido de un huérfano. Coño, algo normal si pasábamos 8 meses al año y las 24 horas juntos.

Pero lo dicho, este relato va de viajes y hasta ahora poco he hablado de ellos, comenzamos.

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VIAJE A MADRID. Expreso Costa Verde.

Como decía, el más triste, pero con sus partes positivas, quizás el menos “malo” de todos ellos era cuando la Semana Santa era a finales de abril por lo que hasta las vacaciones de verano había escasamente dos meses, claro que para eso, el trimestre anterior había sido larguísimo.

En estos viajes, siempre tenías la reserva del asiento garantizada, no era como en los de vuelta a casa que te solías fundir el dinero de la misma.

El viaje comenzaba ya con la preparación de la maleta, todo limpio y ordenado y aprovechando cualquier hueco para meter alguna lata de foie-gras, mejillones, sardinas o leche condensada, tampoco podía faltar el chocolate blanco, el normal, galletas, algo de chorizo y cualquier otro antojo de última hora. Metíamos en el neceser la pasta de dientes que nos gustaba, un poco de colonia y alguna maquinilla si ya estábamos en época de pelusilla, ¡Ah! No podían faltar sobres y sellos para nuestra comunicación con el mundo exterior, aunque según ibas creciendo, preferías una llamada telefónica que escribir una carta, pero no podían ser todo lo frecuentes que querías, eran “conferencia” y costaban bastante dinero y pocas viudas tenían la cartera abundante.

En aquella época y para según qué casos, se solía pecar de puntual, los transportes urbanos tardaban lo que tardaban y nunca sabias cuanto hasta que llegabas, normalmente, mi madre tenía algo ahorrado para un taxi que me permitiría apurar un poco más la estancia en casa, pero aun así y por si las moscas el tren llegaba primero y marchaba sin esperarnos, solíamos estar en la estación una hora antes. El expreso a Madrid, salía de Oviedo a las 23:20, la estación empezaba a llenarse de reclutas con sus macutos y aparecían los primeros huérfanos que a voz en grito te saludaban y abrazaban, mientras mi madre decía…. ”que de amigos tienes ya”, los nervios aumentaban, cada vez se hacía más inminente, aquel era el día, el día del regreso a Madrid. Al rato y a lo lejos, se ve una luz y alguien grita “ya viene, corre que ya viene”, comenzaban las prisas, había que estar atento al número de vagón para ir corriendo tras él, no fuese a que no nos diese tiempo a subir y quedásemos en tierra, cosa que por desgracia nunca sucedió. Con los años y dependiendo del vagon que tenias, te colocabas casi en el sitio exacto donde pararía, en ocasiones a escasos metros de la puerta….la veteranía siempre ha sido un grado. Veías pasar la maquina o locomotora, seguida del vagón de correos, los de coches cama, los de literas, los de 1ª y por fin los de 2ª.  El corazón ya estaba a mil, vagón localizado, nosotros al lado y las madres que eran más lentas, corriendo para poder darnos el último apretujón y un último beso en una larga temporada, ¡que cálido era aquel beso!, te tocabas la mejilla como queriendo limpiarlo para no parecer una “nena” pero con intención de dejarlo metido en tus carnes para recordarlo el máximo tiempo posible, que bien olía mi madre, no me había dado cuenta en todas las vacaciones pero ahora sí, ahora aspiraba su fragancia para llevarla conmigo a los madriles. Subías al tren cargado con la maleta y algún que otro bulto en forma de hatillo e ibas a tu asiento, si eras ya veterano de viajes lo organizabas de otra manera, alguien subía y localizaba el compartimento y otro desde abajo le pasaba las maletas, los huérfanos siempre con la ley del mínimo esfuerzo. Normalmente era un vagón que tenía un pequeño espacio a la entrada, donde estaba el WC y a través de una puerta accedías a un pasillo que se mantenía a la izquierda o derecha (dependiendo por que parte subieses) y los camarotes a la otra mano, dando a la estación. Eran de 8 asientos divididos en 4 partes de dos enfrentados 4 a 4, localizabas tu asiento, ponías las maletas en la parte superior o sobre la puerta donde existía un altillo que en alguna ocasión fue utilizado a modo de cama, luego a coger sitio en la ventana que debías bajar empleando más maña que fuerza ya que si tirabas más de un lado, se bloqueaba. Allí permanecías con la cabeza fuera o apoyada al cristal como simulando tener contacto con tu madre…… hasta que se oía el pitido del Jefe de estación, sentías un escalofrió recorrer tu espalda y la maquina comenzaba a caminar pesadamente a la vez que emitía un pitido y cogía velocidad. Allí en la estación, quedaban, hermanos, familiares e incluso algún vecino o amigo que había ido a despedirte, pero la que no faltaba nunca era tu madre, llevaba todo el día ocultándote la cara para que no vieses esos ojos rojos inyectados en sangre de tanto contener las lágrimas, “ahora ya podías llorar tranquilamente Rosa, sin temor a que te viese”, muy pocas veces se lo note, era una experta, había estado ocultando el cáncer a mi padre durante mucho tiempo y aprendió a cambiar lagrimas por sonrisas en cuestión de segundos, él nunca se lo noto. Ya estaba consumado, todos mis rezos para que ocurriese un milagro o incluso una catástrofe que evitase que saliese el tren no habían dado resultado, el Infanta continuaba enseñándote que en esta vida hay tragos amargos que pasar y hay que pasarlos. Ahora quedaba un largo viaje, hasta casi las 08:00 horas, había que buscar entretenimiento, leyendo algún tebeo, alguna revista, saliendo al pasillo a fumar por si molestabas o comiendo el bocata que con cariño te había preparado tu madre, contando un poco tus vacaciones a los huérfanos que encontrabas por los pasillos o incluso a la gente de tu camarote que se extrañaba de que un crio tan pequeño viajase a Madrid con no más acompañante que otro chaval de 15 o 16 años. Tengo muchos recuerdos de esas interminables horas, el típico de pueblo que sacaba la hogaza de pan, la navaja y el chorizo, jamón o queso envuelto en un trapo mojado en aceite para conservarlo mejor y se ponía la servilleta y a comer, eso sí, invitando a todo el mundo, otro que traía una bolsa enorme de golosinas y se pasó el viaje comiéndolas, después de darnos “UNA” a cada uno, me dije a mi mismo, cuando tenga mucho dinero comprare una bolsa igual…..igual, igual quizás no, pero parecida la he comprado varias veces. La chica macizorra con faldas que te tenía en vela toda la noche contándote historias de novios mayores y que tu aprovechabas para hacerte el dormido y recostarte sobre ella o los legionarios medio locos que no te dejaban dormir y hasta las típicas monjitas. Pero quizás la que recuerdo con más claridad fue ya siendo un adolescente de 17 años, llevaba el pelo largo y como en alguna otra ocasión, mi madre había conseguido ahorrar para pagarme la litera y así llegar más descansado, al entrar en el compartimento de literas (3+3) ya vi gente acostada y entre con cuidado, deje la maleta en mi sitio y me di la vuelta para salir a fumar….¡Amigo! al darme la vuelta, una anciana que estaba medio acostada y en camisón en la segunda litera, vio que era un chico y empezó a gritar “Socorro…….un macho….socorro un macho” su hija y su nieta que viajaban con ella intentaban tranquilizarla pero no había manera, no entendía que en las literas fuesen “mixtas”, cuando llego el revisor (toda una autoridad en aquella época) y pensando encontrarse con un violador o similar y mirándome y prejuzgándome como culpable (por mis pintas, supongo), pregunto a voz en grito ¿Qué pasa aquí?, se lo dijimos, se calmó él y le explico pausadamente que todo estaba correcto y aunque la anciana se tranquilizó un poco, no las tenía todas consigo y me miraba como si fuese un delincuente. Como posteriormente me vio hablando con su joven y guapa nieta, no pego ojo en toda la noche mirando a ver si yo estaba en mi litera y su nieta en la suya.

Las llegadas a Madrid ya se presagiaban desde media hora antes, poblaciones por todos los lados, coche y más coches en comparación con los cuatro que había en Oviedo, gente aquí y allí, el frecuente traqueteo de pasar sobre cambios de vía, poco a poco entrabas en la Estación del Norte, se hacía eterna la llegada, posteriormente en Chamartín, te medio peinabas y arreglabas un poco porque si de noche ya era complicado ir al baño, por la mañana solía haber colas de mujeres con su neceser para retocarse un poco.

Normalmente bajabas un poco aturdido como oyendo en “off”, era como esos días que por la presión atmosférica tienes la cabeza como embotada, ibas mirando para todos los lados intentando buscar algo familiar, que extraño, en Oviedo fueses a donde fuese todo te sonaba o parecía conocido, aquí todo te resultaba extraño, los edificios, la gente…. Si venias acompañado y había dinero, buscabas un taxi, pero el autobús también era una alternativa, el metro no, que te dejaba lo más cercano en Prosperidad y quedaba a 20 o 25 minutos del colegio. Hasta los taxis en Madrid eran distintos, algunos bastante destartalados y con el ruido típico del taxímetro al pasar de cifra, no le quitabas ojo y tenías que aparentar que sabias por donde ibas para que no te cobrasen más de la cuenta. Más de una vez hubo problemas con ellos, al protestar los huérfanos y estar próximos al Parque Móvil, los taxistas preferían ceder y marchar echando leches.

La llegada de huérfanos al colegio se iba produciendo en forma de goteo a lo largo del día, dejabas tus cosas en la taquilla, ibas a por sabanas…..después a ir viendo quien venía, contándonos mutua y apresuradamente las vacaciones en pocos minutos, luego tendríamos tiempo de sobra en profundizar con más detalle.

Algunos le echaban algo de morro y con cualquier excusa venían un día dos tarde y te daban un poco de envidia.

Poco a poco, las anécdotas se iban acabando como las provisiones y el dinero, poco a poco el Infanta tendía su manto y te sumergía en su machacona rutina diaria………hasta que volvían a estar las vacaciones a la vista…

VIAJE A OVIEDO. Expreso Costa Verde.

Si a día de hoy puedes decir que has visto a más de 400 niños y adolescentes con una sonrisa de oreja a oreja, con ojos brillantes y sobredosis de optimismo, no me cabe ninguna duda de que tú has estado en el Infanta o en una institución similar en los días previos a las vacaciones.

El hormigueo ya empezaba casi un mes antes, los pequeños teníamos que indicar con quien iríamos de viaje y la autorización firmada por tu madre o tutor debía ser entregada con al menos una semana de antelación, está la solían enviar por correo con las notas de alguna evaluación. Tengo cartas que envié a mi madre en las que muestro mi nerviosismo por no haber recibido aún la autorización. Con veinte días de antelación ya se empezaba a solicitar dinero para la reserva (unas 30 ptas.) o para el billete si las vacaciones eran de Semana Santa (unas 500 ptas.). Lo segundo si lo respetabas y lo empleabas para el billete, pero la reserva…….cuantas reservas me abre fumado en tabaco en la Señora Puertas y bebido o comido en el Judío Kinito.

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Los billetes normalmente te los sacaba el que se haría responsable de ti, cuatro o cinco días de antelación eran suficientes, a veces no lo podían sacar hasta el día anterior y el nerviosismo que eso te generaba era descomunal, para venir a Madrid no te importaba quedarte sin billete, pero para casa…..eso sí que no. En esas fechas aumentaban tus pasos ocasionales por la puerta principal aun estando prohibido, el motivo no era otro que era el mejor sitio para cruzarte con los mayores y poder preguntarles si ya tenían el billete. Un “no” generaba angustia un “si” era el inicio de la sonrisa infinita que ya no te abandonaría en unos días, ya podías decir que estabas casi en casa.

El día anterior había muchas situaciones que se repetían año tras año, comenzabas cantando enérgicamente el himno de la Guardia Civil, en las clases prácticamente no se hacía casi nada, salvo algún que otro profesor que le gustaba darte la turra hasta última hora, el resto optaba por estar de charla con nosotros, repasar o a libre disposición, estudio no había, por la tarde era como si fuese un medio sábado.

Por la tarde/noche, aprovechabas para hacer la maleta, las más complicadas de hacer eran en verano ya que al regreso no tendrías la misma cama ni taquilla, por lo que había que dejarla vacía……¡Ufff! Nunca imagine que en aquella taquilla entrase tanto. Una vez acabado todo, tocaba cachondeo general, guerra de almohadas, batallas de todo tipo y un largo etc., normalmente los inspectores tenían manga ancha pero en ocasiones si tenían mal día o eran de los quisquillosos nos aguaban rápidamente la fiesta amenazándonos con retrasar un día las vacaciones o algún que otro plantón, el silencio volvía a reinar en los dormitorios.

Al acostarte, hacías un repaso mental de todo lo que tenías que hacer en vacaciones, que cosas ibas a comer y que tendrías que traer para el Infanta para hacerte el trimestre siguiente más llevadero. Poco a poco, te quedabas dormido………

¡Vamos arriba, todos a levantarse, venga que os vais de vacaciones! Se oían los gritos del inspector de turno levantándonos a la hora de los domingos (08:20). Los gritos de la gente se mezclaban con los anteriores según íbamos despertando. Esas mañanas son inolvidables. Desayunábamos y a partir de ahí y previa autorización y entrega del vale de los bocatas por parte del inspector la gente comenzaba a marcharse, no sin antes pasar por la cocina a por el famoso hatillo de papel de estraza. Los que se iban antes de las once o doce de la mañana, no tenían bocatas preparados, recuerdo que a partir de esa hora, pasábamos por la cocina varias veces a ver si la cola había disminuido. No era bueno cogerlo muy pronto ni muy tarde, si lo hacías temprano, tenías muchas probabilidades de que no llegase nada al tren, si lo hacías tarde, podías quedarte sin tortilla o filete de chicle y que te lo diesen de salchichón.

Poco a poco el día se iba haciendo interminable, dando paseos por la puerta principal, viendo como el autocar llevaba a unos y a otros, se marchaban los de Atocha, los de la estación del Norte (posteriormente Chamartín) solíamos salir sobre las 18:00 aproximadamente. Un último saludo a los amigos, un fuerte abrazo a los más allegados y en especial si eran las vacaciones de verano. Según abandonabas la puerta principal sentías una alegría infinita si eras de los pequeños, pensabas para ti “ojala no vuelva”, si eras un poco mayor, apoyabas la cara en el cristal, pasabas al lado de las clases de COU, de la cabina de teléfono, de la garita….ya estabas fuera, estabas contento, pero allí quedaba el Infanta, esa mole de edificios, educadores y subalternos, plagado de críos y jóvenes que había llegado a contaminar tu sangre, sentías un poco de morriña…..quien te lo iba a decir unos años antes que tu corazón sentiría dejar aquellas paredes, aquellas personas y especialmente a tus HERMANOS.

La llegada a la estación era el comienzo de otra aventura, colocarse en una buena zona, próxima a donde habitualmente salía tu tren, dejábamos todas las maletas agrupadas y a esperar, nos turnábamos para mientras unos las vigilaban otros daban una vuelta y así cuatro horas que se hacían eternas, “Cuando maldita sea pondrán el tren”. De pronto daban el aviso de que anden y vía se encontraba tu tren y otra vez los nervios y las prisas, cogíamos las maletas, unas ultimas despedidas de otros huérfanos con distinto destino y a correr en busca del vagón, casi siempre llegábamos antes de que abriesen las puertas, pero teníamos que estar allí, este seguro que no marchaba sin nosotros.

El paso del revisor por los vagones, era el aviso de que iba abriendo las puertas, más carreras especialmente si no tenías reserva para ver si había algún asiento sin el cartelito de “Reservado”. Si tenías suerte o tenías sitio, dejabas la maleta y a esperar, si no habías conseguido sitio, intentabas colocar la maleta en algún compartimento, el estar con ella toda la noche en el pasillo era un incordio. Recuerdo como en ocasiones para ir al baño tenías que despertar a la gente acostada en los pasillos, en alguna que otra ocasión también me tuve que apartar yo. La noche se hacía larga, el traqueteo del tren era tan acompasado que te ayudaba a dar alguna cabezada que otra, los pitidos de la maquina en los túneles o en las estaciones te despertaban, en todos mis viajes recuerdo perfectamente cuando llegábamos a Venta de Baños, parada obligatoria en espera de que otro expreso pasase por allí, a veces estábamos hasta media interminable hora. Recuerdo que algunos huérfanos (los Hidalgo) en una ocasión y ante tanta tardanza, se bajaron a comprar unos bocatas, fue entrar en el bar y pitar el jefe de estación, lor huérfanos gritando para avisarlos y para que parasen el tren a los pocos segundos, salieron pitando y en dirección a donde estaba el vagón, pero este ya había avanzado y cambiando la trayectoria de su carrera lograron subir al tren. Desde aquella situación, a mí nunca se me ocurrió bajarme del tren, el Infanta dando lecciones hasta en vacaciones.

Valladolid, Venta de Baños, León…..poco a poco las estaciones quedaban atrás y mi querida Asturias se acercaba, aún quedaba el tramo más complicado y lento, el Pajares. El frio que se empezaba a sentir en el tren con el olor especial que da el verde de los prados Asturianos de alta montaña, era señal inequívoca de que estábamos ya en casa, era cuestión de acercarse un poco más.

De pronto sobre las 08:00 horas y como no podía ser de otra manera, llegábamos a las Segadas, a cinco minutos de Oviedo, estación sin apeadero y de donde eran los Hidalgo, “Huérfanos, nosotros ya estamos en casa” decían siempre, un par de minutos más y ya podías ver el toro de Osborne, ya no quedaba nada…un último túnel y a salir a la estación de Oviedo, un hueco buscabas un hueco en la ventanilla a la vez que te peinabas un poco con la mano y colocabas la ropa……ya la viste, allí estaba tu madre…..cuantas ganas de darle un abrazo, cuanto tiempo esperando este momento. Bajamos apresurados, no todos, aún quedaban los de Gijón, les faltaba media hora de viaje.

¡Como creciste! ¡Que delgado estas! ¿De quien es esa ropa? Y un sinfín de afirmaciones y preguntas se amontonaban en boca de tu madre a la vez que te estrujaba con fuerza……. Ya llegaste, ahora falta llegar a casa, un taxi y en 15 minutos estabas entrando por la puerta de casa, cansado y hambriento, lavarte un poco, desayunar fuertemente y dormir un poco eran los preparativos previos a salir a la calle sobre las 12 para ver a tus amigos.

Es curioso, era un mundo totalmente distinto, antagónico, venias de un sitio donde eras un apellido (Orozco) y un número (374) y tenías que buscarte la vida una y mil veces y ahora estabas en un lugar en que poco más y te coronaban rey, pedias y si había medios se te concedía, bajabas, subías, jugabas, dormías, hacías lo que querías, aquí eras tú lo principal, el mismo protagonista pero de una historia distinta.

Curiosamente en esta situación inmejorable, durante todas las vacaciones te acordarías muchas veces del Infanta, de sus clases, de sus profesores e inspectores, de las Señoras y como no, de tus amigos y hermanos, los HUERFANOS DEL INFANTA.

Espero que os haya gustado este relato y que os traiga recuerdos que compartáis con todos nosotros.

Un abrazo.

Partes de cartas relacionadas con los viajes de tren

07/04/73 escribía en unas cartas……

….yo aquí esperando ese papel (autorizacion) que como no llegue el lunes, no se si me podre ir, pero espero que lo hayas mandado cuando recibas esta carta….

….a veces pienso que tengo una madre con una cabeza de chorlito que quese yo….

El 10/04/1973

…ya no cuento mas y solo digo esto….”Tren procedente de Madrid con destino Gijon, efecturara su parada en via tercera y anden 2”….

El 11/04/1973 …..

……el billete lo saco el hermano de Javi y mañana 11, yo le dare el dinero, que son unas quinientas y algo mas….

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8 respuestas a 1950-1980 El chacacha del tren

  1. Anónimo dijo:

    He vivido muchas vacaciones con algunos de vosotros.. alegria..a ver quien viene este año.. misa los domingos.. playa. Excursiones al campo a coger y comer uvas.. luego despyes de cenar vine de última sesión..Que bonito era todo que recuerdos!!! Jamás pude imaginarme yo vuestra vida dentro del Colegio y los que venian seguian dentro de sus normas. Que duda cabe que se me han saltado varias veces las lágrimas de tanto afecto que os tengo. Un abrazo a todos!!!

  2. Miguel Angel dijo:

    Hice el viaje de Huelva a Madrid muchas veces en vacaciones. Me acuerdo que el tren de Huelva ( el correo ) salía de Huelva a las ocho de la mañana y después de una parada en Sevilla de unas tres horas, llegaba a Madrid al día siguiente sobre las ocho o nueve de la mañana. Veinte y cuatro horas de viaje, os hablo de los años cincuenta. Mi primer viaje fue a los nueve años.
    Que diferencia con hoy día.

  3. alfredodiazdiaz@hotmail,com dijo:

    no puedes descrivir mejor los relatos que cuentas son perfectos tal como eran me acuerdo la primera vez que fui mi hermano llevaba 2 años alli yo tenia 8 años ibamos los hidalgo pascual y ginzo un chaval de aviles que tenia una hermana en uncarejo esraba para comerla que seria de ellos fue un portero de balonmano buenisimo era una maquina parando el acabo el bachiller en el infanta luego entro en un banco de madrid a trabajar estaba en la clase de pascual al final se hizo hippy y marcho para la india creo cuando llege al infanta me acuerdo que molinero el mayor eran 3 hermanos me dijo chaval vete a por la cuchara de palo donde echabamos la ropa a lavar y mi hermano me dijo quieto donde vas eran tiempos muy duros andavamos de pantalones cortos todo el dia camisa gris y un jersey de pico no habia mas y saliamos a 20 bofetadas diarias tambien me acuerdo que andavamos con la servilleta del comedor atada en la travilla del pantalon y la arrastrabamos de pequeños que eramos

  4. Jose granero dijo:

    Soy Granero y saludo con cariño a todos los “polillas” del infanta . Estuve allí sobre 1950-61

  5. alfredo diaz diaz dijo:

    hola juanin la descripcion que haces de todo esto es perfecta se me escapan las lagrimas recordandolo pero tambien me has hecho reir mucho con lo del bocadillo de los hidalgo en venta de baños

  6. Jesús Carranza Cañas dijo:

    Gracias por vuestras valiosas aportaciones a la memoria colectiva del Infanta.
    Recuerdo que en mis primeras vacaciones de vuelta a casa por Navidad (con 10 años ) me llevé toda la ropa que teníamos,,,,,,,,,,, metida en el petate ( de rayas rojiblancas, como mi equipo el “Graná”). Creo que jamás hice un viaje tan incómodo ni tuve una maleta tan pesada. Cada vez que salgo de viaje me viene a la memoria el “dichoso bulto”.
    Abrazos

  7. Manuel Garzón Añez dijo:

    Recuerdo que para ir a Atocha el colegio ponía 2 autobuses, uno a las 5,30 y otro a las 8 de la tarde. Todos intentábamos ir en el autobús de las 5,30 aunque el tren, para Almería en mi caso, salía a las 10,15; total un plantón de mas de 4 horas cuidando maletas, estas las cuidaban los mas pequeños mientras los mayores se dedicaban a dar vueltas por la estación.

    Este plantón no pesaba, era un rato de ansiedad por subir a tren.

  8. JOSE MANUEL JIMENEZ ROMAN dijo:

    JOSE MANUEL JIMENEZ ROMAN, VIVIMOS UNA EXPETIENCIA INOLVIDABLE, Y PASAMOS LO NUESTRO TAMBIÉN Y SOBRE TODO LOS BUENOS MOMENTOS GRACIAS A NUESTRO COMPAÑERISMO Y UNION QUE TENIAMOS.

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