Pepe de la Monja

ALUMNO El Infanta, Pepe de la Monja, el ciprés y su larga sombra
AÑO 1950-2016
AUTOR Pedro Córdoba

El Infanta, Pepe de la Monja, el ciprés y su larga sombra

El 6 de agosto de 2016 murió en Madrid nuestro compañero José Luis de la Monja Fajardo. Colegial del Infanta, Pepe de la Monja ocupa y ha ocupado un lugar preferente en el corazón de cientos de los huérfanos que hemos pasado por “Las cuarenta fanegas” a partir de los años sesenta del pasado siglo.

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Tenía 66 años. Su muerte, pese a los últimos meses transcurridos desde que sabíamos la gravedad de su estado, nos ha dejado consternados y faltos, sin duda, de su clara referencia en cuanto a los valores que han sido ejes de su vida. Pepe nos ofreció día a día y con su ejemplo, ya desde sus años de niño en el Colegio y hasta el final de sus días, su manera entregada y altruista de entender el afecto, el calor, la unión, la devoción y la hermandad colegial, tan duramente y, sin embargo, tan bellamente labrados y esculpidos sobre los más firmes valores de amistad, en nuestros largos años de internado en el Infanta.

Dentro de la Asociación de Antiguos Alumnos, fue Tesorero de la Junta de Gobierno Nacional que presidió Julián Chillarón, en la etapa posiblemente más próspera de nuestra Asociación y en la que quien escribe estas líneas dirigió la Revista Polilla (1980-1992)  y formó parte, también, de esa Junta de Gobierno Nacional. Además, la Asociación concedió a Pepe el Título de Socio de Mérito y el Botón de Oro de nuestra Entidad, en aquel diciembre de 1999, con el Casino de Madrid como escenario de la Cena de Honor y con Doña Isabel, su madre, resplandeciente, envuelta en felicidad, sonrisas y tremendamente orgullosa de su hijo; asimismo, en junio de 2012, la Asociación Pro-Huérfanos de la Guardia Civil le concedió la Medalla del Centenario del Colegio Infanta María Teresa. Por Orden ECD/1686/2016, de 7 de octubre, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, a título póstumo, le concedió  el ingreso en la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, en la categoría de Encomienda con Placa.

José Luis de la Monja Fajardo ingresó en el Colegio Infanta María Teresa en octubre de 1960. La muerte de su padre, guardia civil, y el tristemente casi seguido fallecimiento de su abuelo materno (aquejado de una grave enfermedad), hizo que Doña Isabel se viniera, en aquel año de 1960, con sus dos hijos a Madrid y con las cartas de colegiación en el bolso, como muestra de su digna humildad y, ante todo, de toda su legítima esperanza en un futuro mejor: José Luis ingresó en el Infanta y Maribel, en Juncarejo.

José Luis cursó sus estudios de Bachillerato en nuestro Colegio común, en las “Cuarenta Fanegas” y, tras pasar la reválida de Cuarto curso, hizo los tres años de Magisterio. Finalizados estos y como aún tenía sólo 17 años, inició la carrera de Geografía e Historia, todavía en el Infanta donde, además, posteriormente sería profesor e inspector (años 1975-1977). Es entonces cuando  comienza a preparar sus oposiciones para PNN y, ya fuera del Colegio y viviendo en el barrio –donde comparte piso alquilado con otro gran colegial, Agustín Puentes Llamazares, “el croqueto”, que está con Pepe en la foto del equipo de fútbol infantil que reproducimos abajo,  consigue su plaza como catedrático de Instituto en el vecino IES Santamarca (junto al Parque de Berlín); pasa, posteriormente, al IES del Barrio de Bilbao, en la calle García Noblejas, y finaliza esta etapa de docencia en el IES Ramiro de Maeztu, de la calle de Serrano, desde donde ya entraría en el Consejo Escolar del Estado, como consejero (1992)  y, posteriormente, sería elegido Secretario General (1995), cargo  que de forma modélica -tan unánimemente reconocida- desempeñó de forma impecable y brillante hasta el agosto pasado.

Han sido cientos de testimonios de condolencia los que se han producido desde su fallecimiento.

El 1 de octubre y dentro de la concentración multitudinaria que los colegiales celebramos todos los años en el Infanta,  hubo una mención especial sobre él, dentro de la Santa Misa que ofició el Padre Juan Román; el día 28 de septiembre se celebró una Misa–Funeral por su eterno descanso que ofició un antiguo colegial, el Padre José Ignacio Pacheco, en la Parroquia del Espíritu Santo y Santa María de la Araucana, en la calle Puerto Rico 29, donde nos acompañó una delegación de compañeros de José Luis en el Ministerio de Educación (Pepe era el actual secretario general del Consejo  Escolar del Estado), que encabezaron el ministro de Educación, Cultura y Deportes, Iñigo Fernández de Vigo, y el presidente del Consejo Escolar del Estado, Francisco López Rupérez.

El 15 de octubre, se celebró una misa en su memoria que ofició el Padre José Ignacio, en una muestra más de nuestro afecto, nuestro humilde homenaje a su ejemplo y amistad, convocada por los compañeros más íntimos y contemporáneos de Pepe, aquellos que veía todas las semanas. Y en todos estos actos litúrgicos, ha querido estar su familia: su hermana (Maribel), su cuñado (Juanjo) y sus sobrinos.

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Ante la reunión anual en el Infanta este año, a celebrar el día 1 de octubre, Manuel Villafaina Martín escribía (“A mi hermano, Pepe de la Monja”):

“Hola hermano José Luis de la Monja Fajardo. Si, José Luis porque de niños así te llamábamos en el Colegio, “los de tu familia” de aquella primera planta del edificio “dormitorios”, tus hermanos José Luis Sainz Mata, Vicente Velasco Moliner y yo.

El próximo día 1 de octubre de 2016 serás el “ausente más grande de todos” que no va participar en la Reunión del Infanta y a la vez SI SERÁS el “presente más querido de todos”; lágrimas y sonrisas acompañarán a las muchas conversaciones en las que estará Pepe de la Monja.

Aflorarán infinitas historias y vivencias tuyas con unos y otros y tu gran curriculum colegial en el que ya figura en la última página el amor, cariño y lágrimas que hemos vertido muchos durante ese gran y ejemplar adiós que nos has dado.

Te has visto en la obligación de “cambiar de casa” y seguro que en la puerta de la nueva te estaban esperando entre otros Felipe Cantabrana, Julio Lira Moreno, Alejandro de las Casas Antunez…, o Modesto Soltero.

Por motivos particulares este año no voy a poder estar en el Infanta, pero como yo también quiero recordar algo de ti, en ésta nuestra conversación, te diré:

Recuerdo la gran sorpresa que me diste cuando allá por el mes de ¿mayo / junio? de 1977 te presentaste -con 3 colegiales más jóvenes- en la Academia de la G.C. en el Escorial donde yo estaba realizando el curso de cabo -no nos veíamos desde mi salida del colegio- y como coincidió que yo estaba de Guardia de Prevención y no podía salir de la academia, a la semana siguiente fui al Infanta y pudimos comer todos en el barrio. ¡¡¡Qué gran día!!! Desde aquella fecha no hemos perdido el contacto.

Yo, con estas sencillas y humildes palabras, al aproximarse la fecha de la reunión, he querido mantener también un ratito de conversación contigo, decirte que como siempre “seguimos en contacto” y recordarle a nuestros hermanos colegiales, por medio de una fotografía que he recuperado, el gran hombre que eres. Un beso”.

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Acto del 28 de septiembre

En los actos del día 28 de septiembre y el 15 de octubre, durante la celebración religiosa, de forma muy emotiva tomaron la palabra compañeros del Infanta, que glosaron la figura de Pepe en los siguientes términos:

Ángel García López, largos años profesor del Colegio, nuestro poeta más laureado y gran amigo de Pepe, ese 28 de septiembre decía muy emocionado (José Luis de la Monja, In Memoriam):

“Todos cuantos nos hemos congregado en la celebración de esta Eucaristía estamos, desde el luctuoso mes de agosto en que nuestro inolvidado hermano José Luis “dio el alma al que se la dio”, somos posesos de una lágrima, la que por el tránsito hacia la eternidad de nuestro hermano Pepe, nos ha declarado herederos suyos para siempre, sus poseedores inexcusables para siempre. Ahora, al finalizar esta Asamblea, nos volveremos cada uno a nuestra casa llevados de la mano de la pena y con la lluvia de esa misma lágrima, porque el dolor será, sin solución, fruto perenne que habrá de acompañarnos, a todos nosotros, a la multitud de los que nos consideramos sus hermanos, mientras duremos el tiempo de los vivos.

Esta lágrima no tendrá nunca fin. Desde el día 6 de agosto, no existe ya mejilla de ninguno a la que el amargo y lento arado de su desolación y de su lluvia no venga horadándonos con un profundo surco de tristeza nuestros rostros. Una continua lágrima para la que nunca podremos encontrar pañuelos suficientes que enjuguen el amplio río que la hace crecer interminable desde lo más profundo del alma de cada uno de los que le quisimos entrañablemente, de los que fuimos con él uno.

“La muerte por el mundo anda de cacería”, dejó escrito Gabriela Mistral, premio Nobel de Literatura. Una muerte, incansable cazadora, que, desde lo inescrutable de su dedo ciego, va eligiendo al azar entre lo desapercibido de sus víctimas, talando de entre los árboles más plenos y propicios de los bosques los de mejor madera, para, luego, sin tregua, conducir tan dolorosa mercancía hacia el aserradero. Una muerte que ha querido arrancarnos de nuestra misma carne al mejor de todos los amigos, al que supo tener el alma repartida entre los que junto a él tuvimos la dicha de compartir lo cotidiano de su tiempo vivo. Una muerte que nos ha robado al dilapidador de la sonrisa más amplia y más indisimuladamente cariñosa que nunca antes habíamos conocido y al más cercano siempre de su prójimo, con el que se entregaba sin recelo, en plenitud, si conocía de lo necesario de su ayuda. Aquel amigo que sabía congregarnos al calor de lo efusivo en los momentos más oscuros y difíciles y en los más alegres y festivos. Al amigo que lograba, con la jocundidad  y lo alborozado de su júbilo, que la vida junto a él fuese más hermosa y agradable. A aquel cuya presencia era el gran resumen de la simpatía y un prodigio de fraternidad y de aire puro. Al conversador cordial, infatigable, resistente hasta la madrugada, siempre empujado de la afabilidad de una palabra en la que se manifestaba su bonhomía sin fisuras.

Se nos ha muerto un trozo grande de nosotros y, con su ausencia,  nos deja desfraternizados para siempre. Se nos ha muerto ese hermano en el que se condensaban todas las virtudes -“chica es la calandria e chico el ruiseñor, / pero mejor cantan que ningún ave mayor”, según los versos de Juan Ruiz, arcipreste de Hita-  de aquellos que utilizan los días de su vida para hacerlos más cercanos a los otros, para contagiarlos de entusiasmo y demostrar con su propia existencia que la vida humana es una larguísima aventura donde también la felicidad puede tener cabida.

Se nos ha muerto el mejor ejemplo del esfuerzo y del estímulo, ya que cuanto tuvo José Luis -que no fue poco- hubo de obtenerlo sin ayudas, en un continuo laborar desde el desvalimiento de una orfandad sobrevenida en su infancia malagueña, una orfandad tan lastimosa y pronta a sus escasos años, tan despiadada y grande en desamparo.

Pero esta mortal ausencia suya acerca al mismo tiempo nuestra resignación a la seguridad de lo que nunca para él terminará. Desde nuestra fe, nos apoyamos en la infinitud de la esperanza de que el Dios que nos creara como cuerpos perecederos y fungibles nos pensó a la vez como perdurables e inmortales, destinados a una vida otra que nunca tendrá fin. Si con su desaparición se ha consumado lo terrenal y visible de esta vida primera que lloramos, con su fallecimiento, comienza ya a gozar de la segunda: la prometida de su bienaventuranza, la que, desde el 6 de agosto, a la orilla de Dios, disfruta eternamente. Pero aún queda de otra, esa tercera vida, a la que se hace referencia en las “Coplas” de Jorge Manrique; una vida distinta pero tan tangible y real como las anteriores. Una vida en la que lo corpóreo, a pesar de su invisibilidad a los sentidos, adquiere categoría y pervivencia, y continúa en lo terreno viviendo de una imagen que tiene resurrección en el recuerdo, en esa palabra del alma que es nuestra memoria con el bagaje feliz de los merecimientos y los actos realizados en nuestro deambular por la existencia. Una vida ésta que jamás perecerá y que en lo venidero de los muchos años le hará vivir entre los otros y andar de continuo celebrado en boca de las gentes, en escritura y en estampa.

Hermano nuestro, Pepe: Que Dios te dé lo eterno del descanso y haga brillar en ti su luz perpetua. Sirvan como epitafio estos dos versos de Federico García Lorca que, con un ramo de biznagas, van al aire a buscarte:

                                                           “Tardará mucho en nacer, si es que nace
                                                              Un andaluz tan claro, tan rico de aventura”.

Actos del 15 de octubre

En el Infanta, el 15 de octubre, en la misa en memoria de José Luis de la Monja, Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, ex colegial de Infanta, general de División de la Guardia Civil (Poeta, General y huérfano), y buen amigo de Pepe recordaba (“En emocionado recuerdo de José Luis de la Monja”):

“Amigos: Pronto serán tres meses sin José Luis de la Monja. Se nos fue dejándonos mucho más huérfanos en nuestra orfandad. Él era uno de los nuestros más queridos, un árbol tempranamente abatido en nuestro bosque sentimental.

Ya no está, pero ha crecido. Ahora sé muy bien que José Luis de la Monja fue un coloso de la amistad del que guardo lecciones memorables. En los años que tengo, y ya son bastantes, he visto pocas cosas tan hermosas como el rostro de la amistad. Ese rostro venturosamente plural y diverso conformado a lo largo de la vida a semejanza del título de un libro de versos de un poeta amigo: una sucesión de encuentros. Y es que el camino es eso, una sucesión de encuentros, de personas que llaman a la puerta de nuestra vida, algunas de ellas para quedarse. Sus retratos cuelgan de las paredes del alma en un sitio muy cercano al de los afectos principales, padres, hijos, etc. Amigos, en las paredes de la mía, de mi alma, como en la mayoría de los que hoy rezamos por él, estoy seguro, que el retrato de José Luis de la Monja Fajardo ocupa un lugar principal.

José Luis, amigo, compañero del alma, hermano: Hoy, desde algún lugar muy alto donde habitan los mejores nos observas y con aquella socarronería tan tuya nos abrazas emocionado al vernos juntos por ti. Sí, José Luis, emocionado, tanto como la emoción que me embarga al recordarte, en nuestro colegio, en el Infanta, entre los tuyos.

Escribió el poeta Wordsworth:

           “Aunque pase la época de gloria y el esplendor en la hierba se marchite,
no te aflijas, porque la belleza subsiste en el recuerdo.

Amigos, no estemos tristes, nadie muere mientras viva en el recuerdo.

Pepe:

“Cuando vuelvan las tórtolas de mayo,
el silencio vencido, voz ganada,
un puñado de polvo se hará rosa.
Y no serás ventana a nuestro olvido.
En la memoria seguirás viviendo:
en el viejo corazón de tus amigos”.

Ese mismo día 15 de octubre, en la Capilla del Colegio Infanta María Teresa y como colofón a estas fechas tan intensamente vividas, el también colegial Pedro Córdoba quiso agradecer todo el cariño volcado hacia la figura de José Luis de la Monja y su familia, al cierre del acto religioso:

“Gracias a todos, por vuestra presencia, por estar aquí, acompañando, en este acto litúrgico que todos celebramos en memoria y por el eterno descanso del alma de José Luis de la Monja: en este día de otoño, en el precioso y emotivo escenario de nuestros primeros años en la vida, en el Infanta; y en esta capilla, presidida por la Virgen del Pilar, desde la que alzamos todos nuestros sueños y esperanzas en la vida, desde la pureza de nuestra niñez.  

 Gracias por vuestro apoyo a todos los amigos que desde la infancia y adolescencia, desde el Colegio, habéis crecido, acompañado y disfrutado de José Luis hasta su último momento.

Gracias, muchas gracias, a todos cuantos en estos últimos meses os habéis interesado y preocupado, de corazón, por su delicado estado de salud, hasta el pasado 6 de agosto, cuando nos dejó; gracias, también, por las innumerables muestras de afecto con las que habéis seguido arropando a la familia durante estos largos meses hasta hace unos momentos, hasta el día de hoy.

Se me hace muy difícil hablar en tiempo pasado al referirme José Luis de la Monja, al referirme a su persona; hablar, ya desde su ausencia, de un compañero de viaje en la vida, de un amigo tan próximo como cálido a lo largo de más de cincuenta años, que ya no está. Aunque, desgraciadamente y en todos estos días, de estos largos dos meses, sea la propia razón quien nos diga, de manera fría y con extrema dureza, que su marcha, para todos cuantos le hemos conocido, ha sido para siempre.

Entre los cientos de imágenes de su vida que se me agolpan al seguir intentando asumir su marcha, brotan las de nuestra común infancia, aquí, en el Colegio, en el Infanta, con el comienzo de la década de los años 60, con un José Luis que ya mostraba sus señas de identidad en la vida: sociable, participativo en juegos y actividades. Era un chico menudo, pero una gran persona que empatizaba ante cualquier situación con los demás y tenía el 

Todos recordamos a Pepe de la Monja voluntarioso, peleón, competitivo y siempre noble; niño de concordia y razonamientos en decenas de partidos en el campo de la Enfermería, en el Campo de Abajo. Jugando con los mejores. Aquellos partidos de infantiles, con Del Hoyo Vidal, Manolo Robles (entonces el Liborio,  y luego Manolín, en el Granada -de Primera División- de Izcoa, Dueñas y Porta); le recuerdo disputando balones con el duro Villegas, o Torreño; o aprendiendo filigranas con Herrera Lera, Soto Figuero; o con los cañonazos de Santiago González. 

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Le recuerdo estudiando magisterio. Y su licenciatura en Geografía e Historia. Y preparando concienzudamente sus oposiciones para Catedrático de Instituto, su alegría al conseguir la plaza y su labor, larga y prolija, la pasión por la enseñanza y la ilusión del primer destino, en el Instituto de Enseñanza Secundaria de Santamarca, al lado del Parque de Berlín y del Infanta. Es una fase de su trayectoria vital en la que Pepe se convierte en referente y apoyo de los muchos compañeros colegiales que, una vez acabado los estudios secundarios e, incluso, la carrera universitaria, deciden dedicarse a la enseñanza.

 Pepe de la Monja, constantemente haciendo de los compañeros su propia familia, acompaña, aconseja y apoya siempre en este cometido que buscaba encauzar tantas vidas profesionales, cuando definitivamente se cerraba la etapa en el Colegio.

Su trayectoria profesional, tras largos años en el Santamarca, pasa por el IES Barrio de Bilbao, por García Noblejas, para llegar hasta el Ramiro de Maeztu de la calle de Serrano, nuestro Instituto común del Infanta, el de nuestras reválidas y donde ejercieron algunos de los profesores del Bachiller de nuestra infancia: Tomás  Alvira, Miguel Pagola, Pérez de Tudela.

Elegido como consejero para el Consejo Escolar del Estado en 1992, pasaría a desempeñar el cargo de Secretario General desde 1995 hasta el pasado 6 de agosto. Emanaba rectitud, honradez.  Era leal, solidario, de un talento político natural muy por encima de cualquier partido o bandería.

En estos últimos años, muchos años, tengo la imagen del Pepe de la Monja, totalmente entregado a su desempeño en el Consejo Escolar del Estado; un José Luis muy preparado en los temas de su competencia: la profesión docente, la participación de las familias en la educación escolar, las nuevas tecnologías, el apoyo a la inspección de Educación y Trabajo: responsable, creando equipo, rebosando amabilidad con todos sus compañeros, y siempre muy cargado de trabajo.

Un José Luis que vivía su trabajo y para su trabajo y que generosamente alargaba su jornada laboral hasta bien entrada la tarde. Era una persona sencilla, afable, cercana, familiar, de verbo fácil, que con sus muchos amigos, lo recordaréis, era  un continuo caudal de decenas de deliciosas anécdotas; un  referente para todos los que le conocíamos pero, sobre todo, cómo no, para los colegiales de muchas décadas, a los que su sola presencia nos cohesionaba, ya que conseguíamos rememorar a través de él esa agridulce sensación del largo tiempo de estrecheces y adversidad conjuntamente vividos, que ahora,  en el recuerdo y a través de su relato,  se hacía grato y hasta jocoso.

Era, además, generoso, positivo, afable,  siempre dispuesto a ayudar. Vivía al lado del Colegio y, en verdad, nunca ha querido salir de aquí: ha vivido y ha querido estar siempre rodeado y entre ex colegiales, que eran parte fundamental de su familia.

Era un asiduo a las reuniones de antiguos alumnos del Infanta. Venía siempre a ellas –en el Colegio, en provincias o dónde fuera- y telefoneaba, contactaba, arrastraba y aglutinaba a una gran cantidad de compañeros de su época y de los cursos colindantes.

Es más, siempre, como muchos recordaréis, tuvo un grupo abierto y sin obligaciones de ex colegiales que se reunía todos los viernes, primero en el Bar El Rumbo, junto al Infanta, que cerró;  y en estos últimos años, en otro bar, ahora en el Barrio de Tetuán, donde, tras comer, los ex colegiales pasaban y espero –pese  a lo ocurrido- que sigamos pasando unas horas de divertida y fraternal convivencia.  

Pepe, desde su gracejo malacitano y envuelto en el ambiente colegial, hacía discurrir las imágenes y situaciones más divertidas de nuestra infancia y adolescencia (divertidas si son contadas ahora, claro). Y tenía el preciado don de recordarlas despacio, dedicándoles el tiempo que merecían, para repescarlas desde lo más profundo del olvidado subconsciente de quienes teníamos entonces menos años y, ahora, la suerte de escucharle. Y compartirlas. Allí, esas joyas de nuestra infancia y adolescencia que de otra forma estarían perdidas, inexorablemente, cobraban vida a través del acompasado fluir de su voz: Él, tantas veces testigo privilegiado y sufrido, las reconstruía y levantaba con todo su vigor hasta el infinito y traía nuestros más preciados recuerdos para hacer crecer entre nosotros el ambiente, la sonrisa emocionada, el clima de hermandad que orgullosamente siempre mantuvo, cultivo y fomentó.

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Se nos ha ido Pepe de la Monja, por mucho que aún nos cueste asumirlo a tantos de nosotros. En estos ya dos meses largos de su ausencia he escuchado el dolor y la voz entrecortada de muchos de nosotros, de decenas de ex colegiales, como Manolo Llorente o Ángel García López (nuestro laureado poeta, vecino de bloque y que consideraba a Pepe “su hermano pequeño”). Y he buscado imaginar cómo lo estarán intentando asumir Anselmo García, Marianito Rodríguez, Andrés Montero, Manolo Taboada, Benito L. Andrada, Antonio Díaz, Vicente Velasco, Juan Carlos R.Búrdalo, Agustín M.Tejeda, Manolo Ramos y tantas decenas de ex colegiales.

Y, en estos días, todos nosotros nos unimos al dolor de Maríbel, su hermana; y de Juanjo, su cuñado; de sus sobrinos Vanessa, Daniel y Ana Belén, cuando aún toda la familia sigue viviendo y conservando en su mente la imagen ya eterna de José Luis, dichoso y jugando con su sobrina nieta, con Olivia Isabela, que a sus dos años y medio de edad recoge la fuerza, el color y todas la ilusiones de la vida.  

Son tantos hechos vividos juntos y somos tantos compañeros y de tantos años junto a él…… La sombra que nos deja su desaparición es muy alargada. Parafraseando a Miguel Delibes, ese ciprés, que tiñe de sepia una parte de las imágenes de nuestra primera memoria, hoy brilla en todo su esplendor por la emoción que compartimos, y quizá, también, por el fluir de nuestras lágrimas, tan dignas, como humanas y nobles.

Pero su huella, la huella de Pepe de la Monja, su paso y estancia junto a nosotros, tantas imágenes felices, su sonrisa, amplia y sincera; esas instantáneas, que ya guardamos entre algodones en nuestra mente, son un canto a la vida. Son un monumento a la amistad, a la honradez, a la hermandad. Y nosotros, simples mortales, debemos agradecer a Dios y, a nuestra Virgen del Pilar, mediante la oración por su eterno descanso, el haber conocido y haber compartido nuestra existencia con seres tan singulares como él.

Y debemos agradecer a la vida: la dicha, el regalo añadido, y el generoso canto a la amistad y a la hermandad que siempre fue su ejemplo.

Descansa en paz querido José Luis de la Monja, querido Pepe: amigo, compañero y hermano”. 

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Fueron tres días muy intensos que envolvieron sentidos actos modestos de homenaje de los que hemos querido dejar, a través de este ramillete de intervenciones, cuatro emocionadas pinceladas que sólo han pretendido trasladaros, aproximaros, a la honda huella de afecto y cariño que en una gran parte de nosotros ha dejado compartir la vida y, tener en ella, el gran regalo que fue su larga amistad.

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