1959 Pescando Gallinas

TITULO Pescando Gallinas
AÑO 1959
PROTAGONISTAS Laureano González Rodríguez
AUTOR Laureano González Rodríguez

Van pasando los años y nuestra memoria empieza a olvidar todas aquellas cosas que hacíamos cuando éramos pequeños. A veces, incluso, esta remembranza nos juega malas pasadas y nos hace ver con poca perspectiva lo que pasa con los niños actuales. Muchos creen que los de ahora son más violentos que los de antes, y cada generación opina lo mismo: “Uy, si nosotros éramos malos, los que vienen detrás… ¡¡Son la leche!!”

Seamos sinceros, la mayoría de los niños hemos sido, son y serán unos trastos, ¡¡muy bonitos, pero unos mariconazos…!! Y es que no todos los niños se quedan quietos y son obedientes con lo que se les dice, por el contrario, algunos nacen traviesos y son más malos que un dolor. Casi siempre la están liando parda, por todas partes en todas las ocasiones y de diferentes formas. Y es que los niños, aunque a alguna gente le pueda parecer algo nuevo y de actualidad, siempre, en todas las épocas, han tenido sus maldades. Por ello tenemos que admitir que si cuidar de un niño es ya una hazaña, hacerlo de un ciento juntos puede ser la pesadilla de cualquier inspector por muy cabronazo que este fuera. Algunas de nuestras gamberradas de antaño fueron realmente ingeniosas y merecedoras de cárcel.

El Taller de Artes Gráficas o Imprenta del Cuerpo, en el año 1959, estaba bajo la dirección de un capitán enjuto, curtido, amigo de nadie, tacaño y con la misma mala leche que un comandante de puesto de la posguerra en un poblado gitano y cuya única virtud que le ennoblecía, aparte de la de “picoleto”, era la de ser gallego. Dicho señor gozaba de los privilegios propios de un virrey. Disponía de vivienda oficial en la primera planta y una amplia terraza en la parte superior. Por si todo esto fuera insuficiente, en los terrenos aledaños a la imprenta y colindantes con el “campo de abajo” del Colegio, el terrateniente –D. Antonio– instaló, (con el sudor de la frente de su “machaca” personal, elegido por aquello del paisanaje), un pequeño huerto, en el que veía como le sembraban tomates, lechugas, cebollas, perejil, hierba buena…, en fin un poco de todo. Su amor por los animales, la placentera vida campestre y las satisfacciones culinarias le proporcionaron las excusas suficientes para mandar construir un pequeño gallinero de jardín (que también a diario le cuidaba su “machaca”), con 15 ó 20 gallinas y un gallo (con los mismos instintos que su amo), para comer huevos como en los tiempos de su abuela.

No se si fue el hambre, la “mala leche”, o ambas cosas a la vez, las que desataron mis instintos marineros en la Villa de Madrid. El caso es que un buen día, entré furtivamente en el huerto del virrey, le sisé un tomate y mientras me lo zampaba me vinieron las paranoias de D. Quijote. Y, al igual que dicho personaje de novela de caballería creyó ver gigantes en lo que en realidad eran molinos de viento; yo divisé un mar repleto de corvinas en lugar de un gallinero colmado de gallinas.

Elucubrando: “Si para sembrar está el campesino, para navegar estará el marino…” Me puse a pensar y deduje: Que de un objeto se puede fabricar cualquier otro objeto distinto, aunque en su inicio no exista. De forma que, si tenía un palo, una cuerda y un alambre, podía combinarlos y hacer una caña de pescar… Y me puse manos a la obra: Agarré el palo, le amarré fuertemente una cuerda y, al otro extremo del cordel sujeté concienzudamente un alambre doblado en forma de anzuelo. Solo necesitaba el cebo o carnada, para lo cual utilicé miga de pan amasada, hice una pequeña bola y cubrí la totalidad del anzuelo mientras tarareaba: “El Zorro pierde el pelo pero no las mañas, yo perderé el pez pero no la caña”.

Con las artes de pesca preparadas, lancé mi caña de pescar a la “Mar Océana Gallinácea” y, al poco tiempo, obtuve mi primer pescado (podéis llamarle gallina, si queréis). Jalé con fuerza de la cuerda y para recuperar el anzuelo me sentí obligado a retorcer las agallas de la corvina (estáis en vuestro derecho a emplear el término gaznate de la gallina, lo dejo a vuestro albedrío). Con gran dolor tuve que arrojar el trofeo al mar, ya que, desgraciadamente, no sabía como preparármela para devorarla. Enseguida se me pasó la pena y me hice a la idea de que estaba practicando pesca deportiva. Cuando estaba en plena faena y acababa de conseguir mi segunda corvina, tuve que salir corriendo y abandonar los aperos de pesca, porque escuché ladrar a la perra de caza de la raza setter, a la que seguía, D. Antonio “Marqués de las Artes Gráficas”, vociferando “¡¡Ya te cogeré gamberro, sinvergüenza…!!”

Otro buen día, o malo, (depende del que hace o recibe la putada), teniendo más hambre que de costumbre y siendo más osado de lo que se recomienda, decidí meterme en el gallinero para tomarme un huevo crudo. Al huevo se le hacía un agujerito en cada polo y se absorbía con fuerza por uno de ellos con lo que el cascarón quedaba vacío de su clara y yema. El peligro consistía en la bacteria que puede estar dentro del huevo y que produce la enfermedad llamada salmonelosis, pero, cuando el hambre aprieta ya se sabe… El caso es que cuando estaba en plena faena para coger de los ponederos un huevo, vino el hijo puta gallo y me pegó un picotazo en el mismísimo centro del cristal de mi flamante reloj de marca “Cervantes”, haciéndole un agujero perfecto. Hoy día reflexiono y me digo: “Si el huevo es el óvulo de la gallina y con gallo o sin gallo la gallina siempre produce huevos, es más práctico no tener un gallo, de lo contrario el huevo puede llegar a ser fecundado, lo que empezaría el desarrollo de un pollito y cuando se interrumpe el proceso el huevo se pudre”…, entonces, “¿Para qué coño tenía D. Antonio a aquel maldito gallo en el corral?”

Lo más curioso es que, cuando pude ahorrar un duro me fui a la relojería del barrio para que me cambiaran el cristal horadado del reloj. Allí me preguntaron que cómo había conseguido realizar aquella obra de ingeniería (perfecto agujero redondeado y sin estrías). Relaté la verdadera historia y el relojero no me creyó, argumentando que solo una broca de diamante podría haber taladrado el cristal sin causar roturas.

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