1960-70 Salvador Solórzano Guerra

TITULO Salvador Solórzano Guerra
AÑO 1960-1970
PROTAGONISTAS Todos
AUTOR Laureano

La memoria no es un fiel reflejo de aquello que pasó, sino más bien un acto creativo en el funcionamiento de nuestras mentes. Los recuerdos se forman en comunidad entre sí por medio de la comunicación, llegando a la conclusión de que la narración de un evento no refleja lo que en realidad sucedió, sino lo que se cuenta sobre lo que pasó. Por  ejemplo: un huérfano del “Infanta” puede recordar a D. Manuel Carrascosa de pie, al lado de la pizarra, con una expresión de ira y con un palo de grandes dimensiones en la mano, vociferando a un alumno; éste gritaba y parecía muy asustado. Este recuerdo podría ser parcialmente preciso, pero en realidad ese huérfano está recordando fragmentos de una clase de latín en la que D. Antonio Ramos, con el puntero señalaba en la pizarra la primera declinación que el alumno debía recitar y la expresión del niño no es otra cosa  que repetir en voz alta:

 Nom. Rosa Rosae / Voc. Rosa Rosae / Acu. Rosam Rosas /
Gen.Rosae Rosarum / Dat. Rosae Rosis / Abl. Rosa Rosis… 

La rememoración falsa es la evocación de un evento que no ocurrió o una distorsión de un evento que ocurrió, según se puede demostrar una vez que los hechos han sido corroborados.

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1964, clase de “matracas”

Si a una persona obstinada, cazurra, paleta y bravucona, es decir Salvador Solórzano Guerra, le incrementas las ansias que tenía de convertirse en paladín de los huérfanos y defensor a ultranza delas causas nobles más favorables para ellos; o en adalid de la plantilla de inspectores, anhelando que todos se sintieran a gusto con él, con su liderazgo, y se interesaran por lo que tenía que decir; el resultado no pudo ser otro que su participación en auténticas felonías o desaguisados: Obligar a unos adolescentes a masticar una serie de cigarrillos y tragárselos con la ayuda de un vaso de agua (mientras se carcajeaban Suero y Oliveros). Establecer el ranking de la lista más numerosa de castigados a estudios los fines de semana (convirtiéndose en líder con diferencia).Convertirse en bufón de sus compañeros para demostrar su autoritarismo: Fue el inventor del famoso “politburó”…, etcétera, etcétera, etcétera. Particularmente tuve que sufrir una vejación que nos hizo a Julio Lira Moreno (QEPD) y a mí: Estando en 3º de Bachillerato, Solórzano tuvo que suplir al profesor de matemáticas; en diciembre hizo el examen trimestral y Julio y yo suspendimos, lo que llevó al inspector a castigarnos a cada uno con escribir a mano 17 lecciones del libro de “mates” (más de la mitad del volumen) con puntos, comas y hasta el número de páginas; nos pegamos todas las vacaciones liados…

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Kinito y Jesus, hermano de Salvador

En el Colegio, los educadores, al igual que los profesores, estaban para intentar que los alumnos adquirieran una formación adecuada y estudiaran con ahínco y constancia. Los alumnos vivíamos ignorando las directrices de los docentes y pretendíamos aprobar los exámenes con el menor esfuerzo posible. Siempre ha sido positivo que un docente exija y que se dé a respetar, pero que también que crea en el estudiante, que lo apoye, que lo corrija y que trate de orientarlo para que no solo se formen buenos profesionales sino que lleguen a ser buenas personas. En nuestra etapa colegial nos encontramos con variopintas clases de educadores de los que no voy a dar nombres, para que cada cual los encasille como considere más oportuno: El dictador (al que todo el mundo le teníamos pánico por su autoritarismo); el panoli (del que todos nos mofábamos por su bondad); el ínclito (que se vanagloriaba de su sabiduría);el rudo y estricto (el que pretendía educarnos como personas de bien)… En este último prototipo podríamos encasillar a Salvador Solórzano Guerra. En su personalidad, como en la de cualquiera de nosotros siempre están el bien y el mal, por ello no era de extrañar que este enternecedor extremeño, en ciertas ocasiones fuera el doctor Jekyll para acto seguido transformarse en el señor Edward Hyde, separando la parte más humana del lado más maléfico de un ser humano capaz de cualquier atrocidad. 

Salvador2se mostraba orgulloso de “su Extremadura”, aun cuando hace más de 60 años el haber nacido extremeño era como ser de segunda división, pero esa dignidad él la llevaba encima, proclamando con la barbilla bien alta sus raíces, presumiendo de su carácter “bellotero”, de su alegría y de su sencillez, le gustaba hacer gala de cierto provincianismo (bien entendido). Salvador Solórzano amaba a la Guardia Civil y adoraba con pasión a todos los huérfanos de la Benemérita. Es cierto que era muy riguroso, intransigente y estricto a la hora de aplicar el reglamento. A pesar de sus estudios de Derecho era un patán y más basto que unas bragas de esparto, pero, sobre todo, encerraba a una persona bondadosa y tierna (doctor Jekyll) con atisbos incontrolados de “mala leche” y presunto sadismo (señor Edward Hyde).

De Salvador Solórzano Guerra se cuentan anécdotas reales, si bien un tanto desvirtuadas. Por ejemplo, se ha recordado en repetidas ocasiones su intervención en un castigo masivo, cuando los hechos tuvieron lugar de la siguiente manera: Se encontraba cierto día, por la mañana, por un cambio de turnos con Solórzano,  de inspector de Bachiller Elemental José Zarco. Este individuo tuvo varios problemas, debido a su carácter (cordobés y “hombre de bien” no puede ser), con algunos alumnos y, sin venir a cuento como siempre, abofeteó a dos o tres por diferentes casos; con posterioridad, a la hora del recreo, sorprendió a un par de chicos fumándose un cigarrillo y su reacción fue de lo más agresiva liándose a tortas con los infractores; ya en el comedor ordenó en varias ocasiones que guardáramos silencio y, al comprobar que no era obedecido, asestó una bofetada al niño que tenía más cercano. Ya hastiados de la conducta de este depravado y, como en Fuenteovejuna (todos a una), se produjo un sonoro “burreo” hacía la persona de dicho maltratador, que se puso lívido y estuvo muy cercano al llanto. En el turno de tarde, al ser relevado, el cordobés contó al extremeño lo acaecido, así como su pretensión de dar un escarmiento general. El resultado final fue, que después de la cena, todos los de Bachiller Elemental nos vimos en el salón de estudios, castigados durante cerca de dos horas y media sin ir a la cama y con un magnetofón cuya cinta no paraba de mortificarnos martilleándonos las sienes con las dos frases que literalmente reproduzco: “Silensio, se prohíbe hablar en el estudio”… “No te he dicho veinte veses que no se puede fumar monsalvete”… Hay que ser sinceros y reconocer que la intervención de Solórzano se limitó a proteger a Zarco porque sospechaba que aquella forma de proceder se le podía ir de las manos. Dicho lo cual queda constancia de que la maléfica idea, el magnetofón y la voz grabada en la cinta pertenecían al maltratador José Zarco. 

Al mayor de los Solórzano le aterrorizaba que los alumnos del Infanta perdieran el tiempo y no aprovecharan la formación que se les estaba brindando. Odiaba ver a un niño fumando, por el daño que esto produce en el organismo de las personas. Conductas como las anteriores no las soportaba y le hacían “encabronarse”…, sin embargo era una magnífica persona. Yo he estado presente, y por lo tanto he podido observar, a Salvador Solórzano defendiendo a ultranza a los huérfanos. Un día, paseando por las calles de San Lorenzo de El Escorial, tres o cuatro hombres hechos y derechos se dirigieron con mofa al pacense preguntándole “¿Qué todos son hijos tuyos?”… Solórzano les respondió: “Os voy a inflar a hostias como volváis a cachondearse de los niños”… Otro día, también en San Lorenzo de El Escorial, al pasar por la puerta de la Academia de la Guardia Civil D. César (inspector que iba de guapo, buena persona y vacilón) con su uniforme de alférez de complemento, y observar que el guardia de puertas no le hizo el saludo reglamentario, solicitó al cabo 1º que arrestara al infractor; cuando Solórzano (que era guardia, no nos olvidemos) se enteró de aquello puso a D. César de chulo y le convidó a irse de allí ofreciéndole la alternativa de optar por marcharse “a tomar por culo”… Yo he visto a Solórzano, después de una paliza recibida por mi hermano Pepe (QEPD), de cuyas consecuencias quedó con la cara morada, con lágrimas en los ojos y fuera de sí coger de la pechera al autor, un inspector al que llamaban “Video”, decirle: Eres un cabrón y un cobarde, eso no se le hace a un chaval, si tienes cojones le pones la mano encima a alguien otra vez

Salvador Solórzano se complacía en participar en los juegos delos huérfanos: fútbol, frontón, ajedrez… Cierto día, en el Campo de los Agustinos de San Lorenzo de El Escorial, jugaba Pepe Camúñez conmigo a los espadachines, cuando el inspector le quitó la fingida arma (presunta espada) a Pepito y creyéndose D’Ártagnan me clavó la punta de la rama de olivo, atravesándome la camisa y provocándome en el abdomen una herida, de la que aún conservo la huella de una pequeña cicatriz.

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1930, Preparacion militar.

Salvador Solórzano disfrutaba de ejercer de padre de los huérfanos y estimular su creatividad. Se inventó un concurso de “camas bien hechas” (claro está según su gusto), estableciendo un baremo y premiando a los ganadores, dos por día, con la opción de elegir entre darles permiso para salir una tarde (liberándoles de los estudios) o, durante la Feria de San Isidro, asistir a ver por televisión una corrida de toros en la casa de sus padres, sita en la Dirección General de la Guardia Civil, además de invitarles a merendar café o cola-cao y galletas; si elegían esta última opción, eran seis los favorecidos, y  Solórzano se ocupaba de su traslado a la Dirección y el regreso al Colegio, corriendo con los gastos que originaban la utilización de los autobuses urbanos.

Me encanta, por su asertividad,  repetir esa ingeniosa frase  del escritor, novelista, cuentista, guionista, editor y periodista colombiano José  Gabriel de la Concordia García Márquez: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.”. Llegados a este punto, el lector tiene libertad de pensar que sí, que los hechos narrados tuvieron lugar, pero que no se ajustan en su totalidad a lo recordado por él.

Laureano
Huelva, 22 de abril de 2.016